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noviembre 8th, 2010:

De después de

Cada músculo y dedo, cada roce
es como una minúscula armadura,
un obrero silente
que fija la pared
de esta burbuja nuestra, compartida.

La avidez de existir como uno solo,
como no existe nada sino esta duermevela
o el erizado tacto
con el que nuestra piel se magnetiza
—somos polos opuestos que se atraen,
que una vez encontrados
no pueden separarse sin esfuerzo—
se hace real, se torna tan visible
como lo son tu cuerpo,
mi nombre si me llamas,
tu voz
tu voz o mi torpeza.

Y así alrededor nuestra
derramándose en torno
de los rojos, los verdes, los naranjas
nuestra frontera inédita respira,
se nutre de las prendas
que derrota segura
la búsqueda del alma que emprendemos,
se mueve con nosotros,
nos protege y se empaña
con nuestras ganas de beber la noche:
es, aparentemente, inofensiva.

Pero se quedan dentro tantas cosas
y hay tantas cosas que se quedan fuera…

Fuera
la importancia del resto,
de lo que tiene la íntima desgracia
de no ser tú ni yo se desvanece
como una fugaz nube de verano.
Fuera
Fuera se desarbola la rutina
igual que el diente de león se pierde:
el más mínimo roce
la arroja al universo hecha jirones,
y lo que nos preocupa de repente
se torna indiferente
o hasta hermoso.
Fuera
el gris mundo a lo lejos
ya no tiene sirenas,
cláxones estridentes, alarmas matinales.
Fuera
ni siquiera el silencio
puede acallar el suave arrullo propio,
quedo y sutil, como se toca un arpa
que en lugar de cordón
que en lugar de cordón tuviese pájaros.

Mientras tanto, el calor que me transmite
el milímetro escaso
que va de tu rincón hasta éste en que te espero
me recuerda que a veces
uno se puede despertar de un sueño,
mirar a la derecha
y descubrir que seguirá soñando.

Dentro,
aquí hemos venido
a acampar en tu cama o en la mía,
a derramar ternura a manos llenas
sabiendo bien que quedará de sobra.
Dentro
como tengo alojada tu presencia
y como se me clava la distancia
que periódicamente derribamos.
Dentro
Dentro hay constelaciones,
hay aire compartido,
el brillante vacío
que dejan las antiguas telarañas,
hay persianas que suben
y hacen entrar la luz
a esos rincones nuestros
que tal vez estuvieron
tan cerca del olvido.
Dentro
hasta aquí he venido…
y aquí voy a quedarme.

Así que este suspiro,
esta mirada mutua que nos queda
cuando ya nuestros límites desnudos
hablaron por nosotros y se dejan
un cuchicheo en forma
de la última caricia,
esta forma de ser
que no tiene sentido sin ser tuyo,
esta carta que escribo
con mi felicidad como remite
son solamente ganas
de sumergirme en ti, de no ser nada
sino el que está contigo
en el pequeño oasis
que nos dibujan estos cuatro brazos
y que sellan tus labios con su beso.

Así que no me dejes,
no permitas que escape,
fíltrate en cada uno de mis poros,
como la cera ardiente y derretida
remárcame indeleble tu presencia
para que no pueda olvidar
para que no pueda olvidar ni quiera.

Así que no me dejes:
ahora que ya he aprendido
a verme con tus ojos, a sonreïr con tu boca,
a recibir del mundo los regalos
a través de la senda que me marcas,
dime que no voy a quedarme ciego,
sin alma, sin camino, sin sonrisa.

Así que no me dejes.
No toleres flaqueza en este impulso
de atrapar el momento
de después de buscarte entre mis huecos,
de después de llegar a tu bahía,
de después de estallar en mil pedazos,
de después de sentirme diluido,
de después de quererte más que a nada,
de después de saber cuál es mi sitio,
de después de ofrecerte la vida sin dudarlo,
de antes de continuarlo
de antes de continuarlo haciendo
de antes de continuarlo haciendo para siempre.